Durante toda mi vida guardaré en mi memoria la romería del Domingo de la Montaña cuando además celebrábamos el Día de la Madre.
Aún recuerdo muy nítidamente como íbamos a la finca La Hormiga en la parte de detrás de la camioneta de mi padre, en donde siempre estaba la madre de todas nuestras madres:
La abuela Isabel, de quién hay que excavar profundamente en los cimientos de la memoria para recordarla sin mandil; costumbre que heredó mi madre y que ha mantenido hasta que sus manos decidieron que ya no lo necesitaba y se negaron a dejar que anudase sus cordones a su cintura.
Luego empezó a celebrarse ese día en casa de mis padres. Todo el mundo traía sus platos: tortillas, ensaladilla, bacalao, patatas bravas, tarta,...
¡Y como no! La panceta y las sardinas. Esas no podían faltar, como tampoco el vino y la eterna pugna por decidir cuál era el mejor: el que traía Manolo que estaba al mando de la barbacoa, o el que traía Agustín.
Este año en cambio no habrá romería ni juegos de las siete y media.
Este año ni tan siquiera podré felicitar a mi madre, pues no podré verla a pesar de que aún está ahí.
Cómo dice la canción de Manuel Carrasco, *"... qué bonito es saber que siempre estás ahí, quiero que sepas que siempre te voy a cuidar..."*.
Hoy quiero compartir una fotografía de otro tiempo, en la que mi madre está como casi tod@s la recordáis. Junto a sus hermanas en un Domingo de la Montaña, en el Día de la Madre.
¡FELICIDADES A TODAS LAS MADRES!