miércoles, 22 de enero de 2014

Las inyecciones que necesito.

Aquejado de un dolor en las lumbares acudí por consejo del especialista de medicina interna al médico de familia. 

Este, tras examinar la placa, a pesar de no ver nada claro en ella y de decirme que sería conveniente hacer una resonancia pues considera que lo que me aqueja es una protusión cervical, me cambió los medicamentos que él mismo había prescrito hacía tan solo seis días, ante mi indicación de que me provocaban un dolor en el estómago que llegaba a ser mayor aún que el de la espalda, es decir, que era peor el remedio que la enfermedad.

Pero además, nombró la palabra que otrora consideraba maldita y que hoy, acostumbrado a pinchazos frecuentes con los que me sacan periódicamente una enorme cantidad de sangre para eliminar el hierro sobrante que se empeña en circular por mi sangre para intentar hacer acampada en mi hígado o en mi corazón y dañarlos, apenas provocó en mí la más leve impresión: tenían que ponerme unas inyecciones para calmar el dolor.

Al salir de la consulta del médico, aún pensando en el mejor momento para acudir al centro de salud para ponerme la inyección, me encontré con el enfermero que me corresponde y al que afortunadamente por visitar muy infrecuentemente la consulta, no conocía (la fortuna no era no conocer al enfermero, sino no acudir a menudo a consulta, pues es síntoma de buena salud).

Me dio hora para mañana: "a las 9:30 horas, pues antes tengo extracciones de sangre". Al ver en mi cara un gesto de contrariedad, me propuso otra hora: "las 14:00 horas". ¡¡Peor aún!! -pensé-. Para eso era mejor las 9:30 horas aunque en cierto modo, me partiera la mañana.

Sin embargo, recordando los muchos compañeros sanitarios con los que comparto mi intensa vida laboral en el sindicato FSP-UGT (si señores, no me da vergüenza y lo digo con orgullo), se me ocurrió escribir en el what´s up la siguiente frase: "Buenas tardes. Vengo camino de Plasencia. Esta mañana estuve en el médico. Me han prescrito una caja de inyecciones. Hay algún voluntario o voluntaria que se preste a ello o bajo al centro de salud cada mañana".

Poco tardó en llegar la primera respuesta de Rosa; luego Nieves; Visi a continuación; Momi, e incluso Maribel desde Trujillo atendieron mi  llamada. Lástima no tener otros compañeros sanitarios en el grupo de what´s up, porque no dudo en que también se habrían ofrecido a ello.

Comenzaron entonces las bromas: que si las banderillas, que si venganzas, que si huye, Jesús; que tengo una cuenta pendiente...

El caso es que las inyecciones, lejos de hacerme sentir mal, han hecho que me sienta más orgulloso aún de trabajar al lado de las personas con las que trabajo, entregadas día a día en una labor que se hace más ingrata por momentos, con la ilusión de saber que se están haciendo bien las cosas por encima de los sinsabores, de las críticas, de los descréditos e incluso de los insultos.

Me he sentido tremendamente contento de trabajar sin compañer@s de trabajo. Porque es así. No tengo compañer@s. Trabajo con amig@s, sí. ¡¡¡Y eso es una suerte. Una tremenda suerte. Porque son gente fabulosa!!!
Pero, ¿saben ustedes, quienes quiera que lean este escrito?: para saber eso, no era necesario que me tuvieran que poner inyecciones: Ya lo sabía.