Fue la tarde del día 21 de octubre de este ya odiosamente largo año de 2013, cuando te vi con vida por última vez. Y fue en ese mismo momento cuando supe que tenía que comenzar a escribir unas letras, pues tus días junto a nosotros estaban llegando a su final y muy pronto ibas a iniciar tu viaje al infinito.
Hacía tiempo que no me sentaba a escribir, pero sin duda tú merecías que ese paréntesis finalizara. Así, fue esa misma tarde cuando comencé a tomar notas de lo que serían unas pocas letras cargadas de sentimientos hacia tí y de agradecimiento a la vida por haberme brindado la oportunidad de conocerte.
Y ahora, con un nudo en el estómago, con el corazón comprimido y cuando mi mente aún se encuentra sobrecogida por tu reciente fallecimiento quiero terminar de arreglar las notas escritas ese día.
Hace poco que puse en mi página de Facebook un mensaje atribuido a Michael Jordan que decía: "Mis héroes son y fueron mis padres. No me imagino teniendo a otras personas como héroes". Sin embargo muchas veces, y esta es una de ellas, nos damos cuenta de que cualquier frase, por bonita y completa que sea, puede quedarse corta, pues en este caso, para ser completa, necesariamente debería incluir al menos a mis tíos Manolo y Pepi. También ellos a lo largo de mi vida han sido y seguirán siendo mis héroes.
Siempre quedarán en las amplias estanterías de mi memoria el recuerdo de aquellos domingos de la montaña vividos en familia (el primero antes que mi memoria comenzara a acumular vivencias; el ultimo este mismo año 2013), y ese eterno competir con el vino de tu hermano Agustín, presumiendo los dos de que el vino que cada uno llevaba en la bota era el mejor. El día transcurría mientras tú cogías los aparejos de la barbacoa junto a mi padre y a Agustín, y los demás comíamos sardinas, jeta, filetes, tortillas, y una gran cantidad de viandas, a cual mejor elaborada, pero sobre todo, mientras circulaba de mano en mano iba la bota del mejor vino que podía beberse.
Pero en realidad, nada importaba que el vino fuera bueno -que lo era-, lo que realmente importaba, era disfrutar de ese momento. Y sin duda lo disfrutabas plenamente y nosotros junto a ti.
Siempre recordaré tantísimas noches en las que durmiendo en tu casa, nos quedábamos hasta el cierre del bar, cuando llenas las cámaras y dejando todo inmaculado para el día siguiente, recorríamos el corto camino que mediaba entre la calle Médico Sorapán y la calle Badalona.
¡Cuántos platos de aperitivos he comido en ese bar! ¡Cuántas cervezas! ¡Cuántos Blody Mary´s! ¡Cuántos recuerdos buenos, y ni tan siquiera uno malo! Siempre recordaré el cariño con el que todos te bromeaban, el primero mi padre, pues para todos eras especial.
Como me duelen las lágrimas que antes de tu final salían de los ojos de mi madre, y como mi padre quedó impresionado el último día que te vio, temiendo que no despertaras la mañana del día siguiente.
Imagino que no hay consuelo que pueda paliar tanto dolor como el que en estos momentos estarán pasando mis primos-HERMANOS Domingo, José, Jorge, y como no, mi querida prima-HERMANA Rosi, con quienes solo pude fundirme en un abrazo al verles en esos momentos tan tristes, sin llegar a articular palabra: no era necesario.
Tampoco tus nietos encontrarán consuelo. La suerte es que no olvidarán en su vida a su abuelo.
Y mi tía Pepi. ¡Que fuerte has sido! ¡Cómo has sabido estar a su lado hasta el final! ¡Que persona más maravillosa eres!.
Sin embargo, a pesar de no encontrar consuelo ninguno de ellos, les quedará la satisfacción de saber que no han estado solos. Que arropándoles ha estado toda su familia unida como una piña para intentar hacerles más llevaderos esos terribles momentos.
Me gusta pensar que yo era uno de tus sobrinos favoritos, aunque en el fondo sé que no había favoritismos en tu cariño, y que repartías por igual para todos cuantos te rodeábamos. Sin embargo, siempre vi un cariño especial de ti hacia mí quizá por los muchos momentos pasados con mis primos en ese bar Fleming 2 al que tanto cariño todos teníamos. Y sé que también viste especial mi cariño hacia ti. Eso lo sabíamos los dos, ¿verdad?. Por ello nunca dude en presumir ante todo el mundo que eras mi tío. Tío con mayúsculas. Y ese orgullo lo manifestaba cada vez que alguien hablaba de su origen refiriéndose a Arroyomolinos (otrora "de Montánchez"), pues no tenía dudas de que, presentándome como sobrino tuyo, ya tenía la mejor credencial ante cualquiera, pues todo el mundo te elogiaba. Ya lo dijo en el tanatorio mi primo Domingo, "sé que hoy no vendrá ningún enemigo aquí, pues no los tenía".
Cuantas veces he recordado y seguiré recordando la profesionalidad en tu trabajo, el cual unido al buen hacer de mi tía Pepi en la cocina y a la ayuda de mis primos, hacía de Fleming 2 el mejor establecimiento de hostelería que pudiera visitarse, como años antes lo había sido el Fleming (sin desmerecer a otros, y mucho menos al de tu hermano Agustín que estaba a la misma altura).
Lamentablemente, no volveré a tomar ese buen vino de tu bota, ni a comer las sardinas que tan en su punto asabas. Eso no quiere decir que no volvamos a reunirnos para pasar un día de campo. Estoy seguro que desearías que así fuera.
No pierdo la esperanza de que allá donde ahora estés, junto a tu hermano Juan vayáis juntando poco a poco a los mejores clientes y algún día lejano, nos reencontremos y podamos ir de pesca con esas cañas de pescar que tú y yo sabemos. En estas ocasiones nos damos cuenta que el tiempo se hace corto cuando ya se ha consumido y no se puede recuperar.
¡Cuántas cosas podría escribir sobre tí! ¡Cuántos recuerdos se agolpan en mi cabeza, queriendo ocupar todos ellos un espacio en este escrito! ¡Pero no es posible escribirlos todos aunque se empeñen en morder las entretelas de mi corazón!
Aunque todos sabíamos de tu marcha, también confiábamos en que ese día tardara en llegar. Ha sido el día uno de noviembre, el día de Los Santos o de Los Difuntos, cuando te has marchado. En un día triste de otoño, en el que los chopos aún aguantan las cárdenas hojas que el viento hace bailar a rachas descompasadas En un día en el que podía sentirse frío en el ambiente, pero podía sentirse mucho más frío en el alma.
La vida nos ha privado ya de tu presencia física. Pero nadie nos puede privar de tu presencia entrañable. Nadie puede despojarnos de tus recuerdos. Sigue tu marcha hacia ese lugar desconocido de la eternidad, tío Manolo. No sé si alguna vez volveremos a vernos, pero suceda eso o no, tu presencia permanecerá acurrucada en mi corazón. Eres un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra: bueno.
Llegando al final de mi escrito, quiero poner una frase de Miguel Hernández que escribí el día de tu muerte en el Facebook junto a la fotografía tuya conmigo que he incluido aquí también: "No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra, ni a la nada".
Desde el fondo del corazón y con los recuerdos a flor de piel, un abrazo eterno.
¡Adiós, Tío Manolo".